En una esquina de mi
terraza tengo una hamaca. Está guardada en una de los postes que sostienen el
techo. Algunos días de mucho calor,
cuando mi cuerpo desea descansar, descuelgo mi hamaca del poste, la engancho y
la disfruto. Miro al cielo, cierro mis
ojos y me permito descansar con su vaivén.
La hamaca es otro de los
muebles que tenemos en casa para el
disfrute de nuestro cuerpo y nuestra alma. Nada mejor para cuando deseamos
despegar los pies del suelo para dormitar allí tendidos. En ella mecemos el
cansancio. En ella relajamos nuestros
cuerpos y cerramos los ojos para disfrutar de ese balanceo que nos permite
soñar despiertos o dormidos.
A mis nietos y sobrinos les encanta que los
suba a la hamaca. Allí han dormido sus cuerpecitos cansados de
jugar. Cuando los niños se encuentran
alterados, nada mejor que una hamaca que los lleve por el aire en busca de
sueños. Pero, ojo con ellos porque si se mecen muy fuerte podrían dar
una vuelta y caer al suelo.
Así le sucedió a mi
sobrino Alejandro cuando tenía como seis años. Alto subía y luego bajaba. Y me
gritaba: “Mira Tití que alto subo”. Hasta que de pronto la hamaca dio una
vuelta para deshacerse de aquel intruso que la obligaba a sacudirse. Y ¡zas! Al
suelo fue a tener… ¡”Caíste al piso como torta”, le dije sonriendo y los dos
reímos hasta más no poder. Esa lección no la olvidó jamás.
Pasaron los años y un día mi sobrino Rafael
Alejandro estuvo en mi casa con su hermanito menor Mauricio. Alejandro (como solemos decirle) ya era todo
un jovencito de catorce años. En la hamaca se mecía su hermanito Mauricio. “Yuuupi,”
decía el pequeño. El también quería subir muy alto. Fue, entonces que escuché a
Alejandro que le decía muy serio: “Te cuidado, ve suave porque puedes caer al piso como torta“.
Sorprendida sonreí al escucharlo, pues no pude evitar recordar aquel momento
que compartimos con mi vieja hamaca.
Hay cosas tan sencillas que dejan en los chicos lecciones inolvidables.
Soniai☼
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